Lluís Comas i Fabregó

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Entrevista a Comas
Colaboración AEAC

Lluis Comas Fabregó, nacido en Santa Eugènia de Berga el 22 de junio de 1971, es Gran Maestro Internacional de ajedrez. Entre sus principales logros figuran el Campeonato Mundial Infantil (1984), un Campeonato de España Absoluto (1993), dos veces el Campeonato de España Juvenil (1988 y 1990) y dos veces el Campeonato de Cataluña Infantil (1983 y 1984).

Comas

Lluís Comas y Fabregó

“Entrevistar al maestro Comas en una taberna de Ranglor-7 tal vez no haya sido una idea tan brillante”. En estos pensamientos estaba cuando unos oriundos de Kras-Varvaj comenzaron una trifulca por no se qué con dos magaelianos de aspecto robusto. Sería por algo de contrabando. No es que a mí me importasen mucho esas cosas, creedme, pero comienza la algarada con gritos y nunca se sabe cómo acaba. ¡Y nadie te va creer si alegas ignorancia del asunto! No sería la primera vez que me llevo un disgusto por estar en el sitio equivocado. Por otra parte, ¿a qué demonios viene citarse con un ajedrecista en semejante tugurio? ¿No podríamos hacer la entrevista en un sitio más tranquilo? El maestro es conocido por su sentido del humor pero esta vez se había pasado de la raya. Si lo que esperaba era una entrevista amable no podía estar más equivocado, le iba a hacer pagar el cabreo que llevaba encima. ¿Qué se creía? ¿Que soy un becario?

Entonces, a punto de perder la paciencia, apenas tuve tiempo de quitarme a un borracho de encima cuando lo vi llegar. Ahí estaba él, echando una mirada socarrona al local. Hizo la entrada a lo estrella del rock, cruzando el pasillo entre las mesas abrazado a las caderas de dos bellezas ranglorianas de dudosa reputación. Lucía el tipo una sonrisa de oreja a oreja y, con sus ojillos de sabio despistado, parecía divertirse ante mi cara de asombro.

-¡Buenas! – saludó-. Le noto apagado, como desubicado.

¡Me estaba vacilando! Las ranglorianas rieron la gracia y, a una señal del ajedrecista, se alejaron. Comenzaba bien la tarde.

– No suelo frecuentar estos locales – respondí lo menos torpemente que pude.

– Eso es que no ha leído “El lobo estepario”. De haberlo hecho encontraría este lugar agradablemente familiar.

– Me suena… Hesse, ¿verdad? – acerté a decir tras pensar un momento.

Comas asintió. Empezó a hablar en otro tono, sin gravedad, parecía que fuésemos viejos conocidos. Tal vez, amigos. Casi amantes. Pero, en realidad, sólo habíamos intercambiado un par de hologramas para concertar la entrevista.

– La literatura forma parte de mi vida. Casi tanto como el ajedrez. O más, según se mire.

El maestro acompañaba la profundidad de su voz grave con rápidos movimientos de manos que delataban un carácter jovial. ¡Parecía un titiritero! El hambre de conocimientos, el que devora toda limitación de saber, encontraba expresión en su gestualidad.

`Me dejé llevar por las apariencias´, pensé de sopetón. De la sensación de tiempo perdido con la que había salido del puerto orbital con las primeras luces del segundo alba a los misterios de la mente humana, la jornada había cambiado y me complacía lo que escuchaba. El modo de hablar de Comas recordaba a una avispa divertida que, sin necesidad de mostrar sus armas, es consciente de su intelecto afilado y se esmera en buscar las palabras que no hieren. Un poco frecuente ejemplo de educación, respeto y humor negro. Me lo podía imaginar ejerciendo de monologuista.

Pero había más. Fue por su eclecticismo, al sincerarse conmigo al confesar su devoción por los libros más allá de su temática, que empecé a comprender al hombre que movía las piezas en el tablero. Dos viejos gemelos, ataviados con sombrero tirolés, tomaron asiento junto a nuestra mesa y, llevados por un fervor que escapaba a mi comprensión, decidieron amenizar el momento con sendos bandoneones que, según dijeron luego, pertenecían a su familia desde tiempos inmemoriales. Tocaron varias polcas que el maestro, para mi sorpresa, celebró con entusiasmo. Pedí otro Bourbon de garrafa. Era una buena falsificación, tenía el aroma del original.

– Vemos en los Informativos-38Horas que la gente lo pasa mal, pero queda muy poco personal, muy ajeno. Sí, igual pasa, pero… nos es un poco igual. Nos hemos acostumbrado a la imagen, a la aséptica congelación y exposición de lo inmediato, pero la realidad es descarnada. Cruda. Leer es otra cosa. Cuando lees te metes en la historia. Empiezas a imaginar y tu conciencia te lleva a sitios inesperados. Y tutéame, por favor. No soy tan viejo.

He de admitir que, entrados en materia, me sorprendió la basta cultura del individuo. Guardaba bien las distancias, con esa gracia que caracteriza a quien es capaz de mantener una línea de respeto y, sin embargo, manejarse bien en el cuerpo a cuerpo. Hablaba de viejas películas, anteriores al siglo XXII, como si las hubiese visionado ayer. Guionistas, directores… formaban parte de su acervo más inmediato. Esto, como decía, por no hablar de libros. Leía a esos autores que todos hemos oído citar y cuyas obras pasan hoy desapercibidas.

– ¿Te gusta Kundera?

Confieso que nunca me lo habían preguntado. Nunca, al menos, así, a bocajarro. Las ranglorianas vinieron a mostrar sus encantos, cosa que se agradece mucho en situaciones como esta. Se fueron, previa aprobación del maestro, a por un par de copas.

– Volvamos a Hesse, Lluís. ¿Sabes que, por lo que voy viendo, tiene mucho predicamento entre los ajedrecistas? Sin ir más lejos, Paco Vallejo es Siddartha en Twitter. Y también tiene lectores en el club Vila Olímpica.

– ¿Twitter? Mmmmmm… Yo soy un hombre sencillo, prefiero usar palomas mensajeras. Me percaté de la pistoláser que sobresalía del bolsillo interior de su casaca beige. Reanudé mi relación con el Bourbon de garrafa, dispuesto a emborracharme hasta vomitar. En la plataforma del garito, vestidos con aquellas viejas gabardinas del s. XX, una banda comenzó a tocar sweety.

– Todos somos un poco como el personaje de ‘El lobo estepario’- afirmó-. Él vive en su pequeño mundo, reacio a la sociedad… Es cuando tiene una crisis existencial, el asomarse al vacío, que toma contacto con una prostituta que tiene el efecto de abrirlo al mundo. La vida nos va dando lecciones de sabiduría. Da igual lo que corramos, mintamos o  que tratemos de saltar más que los demás. Nos pone en nuestro lugar.

Comas me miraba a los ojos con complicidad. Podía imaginarlo sosteniendo un libro para pasar el rato mas, en las distancias cortas, prefería conversar sobre obras de carácter profundo. Me vino a la mente un viejo proverbio de Ranglor-7: a veces es preciso perderse en una taberna, en la otra punta de la galaxia, para descubrir a personas que nos van a ser muy cercanas.

– ¿Has leído a Philip Roth?

El maestro esbozó una sonrisa. El autor era una de sus debilidades.

– Me llama la atención cómo describió a la sociedad en varios momentos de su historia – Comas hizo una pausa sin perder de vista a unos militares que acababan de entrar en la taberna-. Esos terrícolas no parecían muy diferentes a nosotros. Sus motivaciones, en el fondo tan básicas, son las mismas que las nuestras. ¡Vaya, encuentro interesante como construye nuevas historias a través de informaciones que parecían conclusas! ¡Siempre hay más por saber! Por cierto, a esos `amigos´ (añadió señalando discretamente con el dedo a los militares), ¿los has invitado tú?

Tragué saliva. Mi interlocutor echó mano a la pistoláser. Se hizo un angustioso silencio entre nosotros. Era consciente de que mi vida pendía de un hilo.

– No los conozco.

El ajedrecista, su mirada inquisitiva me escaneaba, recuperó el tono laxo de nuestra entrevista.

– Mejor. Pero más te vale que no se acerquen a esta mesa a husmear. Te lo digo en confianza, me has caído bien.

Sonreía, pero la mano seguía sospechosamente cerca del arma. ¿Debía dar por finalizada la entrevista? ¿Respirar profundo, coger la grabadora y salir del antro como alma que lleva el diablo? Nunca. Soy un periodista de raza. No me dieron el `Neopulitzer´ por esquivar el peligro, precisamente.

– ¿Te gusta la música?

– ¡Jajajaja! ¡Eres un condenado valiente!- dejó, ahora sí, que la pistoláser se deslizase suavemente por el bolsillo interior de la casaca y, chasqueando los dedos, llamó la atención de las bellas ranglorianas-. Ponedle algo fresco a mi amigo, chicas. Está un poco tenso.

– Es muy guapo…- la más joven depositó su sonoro beso en su mejilla y me guiñó el ojo-. ¿Quieres que le presente a mi hermana?

Estallaron en carcajadas. La chica se recompuso los pechos con donaire y se marchó. Se llevó, casi sin quererlo, mis fantasías más privadas.

– ¿Preguntabas si me gusta la música?

Asentí.

– Por supuesto que me gusta. En casi todas sus formas.

– ¿`Casi todas´?

– No soporto el reggae.

– ¡Me tomas el pelo!

– En serio – insistió-. Lo encuentro muy repetitivo. Y tampoco me acaba de seducir el country.

Viendo que me había quedado en silencio zanjó la cuestión.

– Te recomiendo la zarzuela. Y heavy de los noventa. Te aliviaría la tensión – apostilló.

– Hablemos de ajedrez – sugerí-. ¿Cómo lo introducirías en las escuelas?

– Fundamentalmente como herramienta para aprender a resolver problemas, como manera de aplicar el pensamiento lógico. Se mejoran muchas habilidades que pueden ser utilizadas para otros estudios. Comprenderás que aprender ajedrez sólo para saber ajedrez no es gran cosa, pero como instrumento pedagógico es excepcional.

– Y esto no siempre se hace así, por lo que me cuentas.

– Claro. Lo importante es enseñar a pensar. Te voy a poner un ejemplo muy sencillo. Tú a un niño le dices: `la dama vale diez, la torre vale cinco, el alfil vale tres, el caballo también y el peón, uno´. Y ya está. Le has pasado información. Nada más. Pero el camino, el de verdad, es decirle: `sabiendo cómo se mueven las piezas, ¿serías capaz de ponerlas un valor?´ Y acompañarlo en esa labor de descubrimiento.

– Que sea él quien proponga…

– Sí. En lugar de dar la información, involucrar al niño en el aprendizaje. Otro ejemplo: el mate de rey y torre. Le puedes enseñar la técnica pero, ¿no es mejor dejar que lo pruebe por sí mismo e ir dándole pistas hasta que lo entienda? Al principio, como todos haríamos, se pondría a dar jaques. Pronto entendería que así no se llega a nada. De este modo, ayudándole a entender la situación, le vamos acercando la solución. Acercando, que no dando. Porque ha de ser el alumno quien alcance la solución esforzándose.

– ¿Quién te enseñó a jugar?

– Mi tío Jaime. Era aficionado, un jugador de mediana fuerza – Comas echó la vista atrás, tratando de precisar-. En mi familia nadie jugaba. Y en mi pueblo no había club  de ajedrez. Curioso, ¿verdad? Luego, conforme iba mejorando, tuve otros entrenadores. Pero el primer entrenador es siempre el más importante, porque es el que te aficiona. Luego la cosa ya corre sola, por decirlo de alguna manera.

– Si tuvieses que afincar la memoria en un solo momento, ¿cuál es el más valioso que te ha aportado el ajedrez?

Para mi sorpresa, el maestro no aludió a su consecución del Campeonato del Mundo Infantil. Tuvo trato de celebridad hasta por la prensa del corazón, siendo memorable la fotografía recogida por la revista `¡Hola!´ en la que era retratado junto a su loro.

– A mí, aunque los torneos también me gustan, simplemente leer un libro en el que un ajedrecista comente su partida me hace feliz. Es como me lo paso mejor porque veo ahí su forma de pensar y trato de aportar lo mío. Aprender, comparar… son procesos que me motivan más que ganar un campeonato. Me quedo con esos momentos.

Uno, que no sabe de ajedrez más que el nombre de las piezas y Bobby Fischer, recibió una solemne bofetada de realidad. Me imaginaba a todos los grandes maestros como `killers´ a los que sólo les importaba ganar. Apisonadoras de margaritas. Sin embargo, las palabras de Lluís me acababan de abrir los ojos. Comprendí súbitamente por qué recibía el sobrenombre de `Mago de Vic´. `No son las victorias; es lo que siento cuando entiendo lo que sucede en el tablero´.

Osé, entonces, formular la pregunta. La que, de ser contestada, me llevaría al Olimpo de los periodistas. Me lancé a tumba abierta:

– ¿Cómo gestionaste el día después de ganar el Mundial Infantil? Imagino que se depositaron muchas expectativas en ti y no dejabas de ser un niño.

Guardó silencio. Cerró los ojos. Sabía que me estaba viendo, pero tenía los ojos cerrados. Comenzó a hablar. Lo hizo sin prisas.

-Eso es difícil porque llega un momento, claro, en el que tienes que elegir. Tienes que elegir entre el ajedrez al 100% o jugar al ajedrez y compaginarlo con tus estudios. Me ofrecieron la posibilidad de ir a la Escuela Blume (una residencia de alto rendimiento para deportistas), pero yo soy muy de pueblo. Muy de mis amigos. Muy de salir con ellos a jugar a la pelota. Lo otro era todo un cambio de vida que no deseaba. Hubo, por supuesto, una etapa difícil de gestionar. Tú sabes que si te dedicas con la máxima concentración y esfuerzo puedes llegar más lejos, pero también sabes que estás renunciando a muchas cosas. Yo elegí no llegar más lejos y no renunciar a esas otras cosas.

– ¿Te arrepientes?

Al momento fui yo el que se arrepentía de haberlo formulado así. No tengo por costumbre ser tan brusco. Bruto. Maleducado. Pero el clima de la charla era confortable y me dejé llevar. Por no hablar del Bourbon de garrafa. ¿Os he dicho ya que parece el original? ¿Sí?

– No – respondió sin pestañear-. Los caminos que no tomas nunca se sabe por dónde te podrían haber llevado. Aquellos que me habían dado palmaditas en la espalda y me hicieron promesas vieron pronto que podría competir bien, pero que la distancia se agrandaría con respecto a otros jóvenes del panorama internacional que sí habían optado por dedicarse de lleno. Que nunca llegaría a luchar por ser campeón mundial absoluto, vaya. ¿Te cuento una anécdota?

– Por supuesto…

– Fue en un campeonato por equipos con la selección española. Comentábamos entre nosotros que Rusia llevaba un equipo poco competitivo, con un chaval muy flojito. En años anteriores habían llevado a Gelfand o a Ivanchuk, que eran grandes estrellas con diecinueve años. Como verás, el chico en cuestión parecía una perita en dulce. No tardamos en aprendernos su nombre: Vladímir Krámnik, luego varias veces campeón mundial absoluto.

– ¿Puedo hacerte una pregunta impertinente?

– Dispara.

– ¿Cuál querrías que fuese tu legado ajedrecístico?

– ¿Ya me estás jubilando? – Lluís sonrió. Su respuesta volvió a sorprenderme -. ¿Qué recordarán de mí?

– Específicamente como ajedrecista.

– La verdad es que no me importa mucho que me recuerden. Uno hace su camino y, cuando se va, que lo dejen en paz, creo yo – el maestro rompió a reír-. No quiero una calle, ni una plaza… Bueno, igual una rotonda, ahora que se construyen tantas. Las cosas se van olvidando poco a poco. No creo que tenga que dejar ningún legado, la verdad.

– No esperaba que me dijeses eso. David García Ilundáin, cuando nos citamos en Las Vegas, me dijo que lo que más le gustaría es que los aficionados, cuando algún día encontrasen sus partidas ojeando una base de datos, reconociesen al hombre detrás de las jugadas.

Lluís, recordando al muy llorado mito del ajedrez catalán, esbozó una sonrisa.

– Los que conocimos a David siempre lo recordaremos en sus partidas y en sus divertidísimas anécdotas.

Alzamos las copas. Me vino a la mente lo que me dijo el Maestro Internacional Robert Alomà sobre el estilo de Comas: `es uno de los mejores estrategas, en palabras del maestro Del Río que yo suscribo´. Y, aunque trataba de seguir centrado en la entrevista, un pensamiento travieso se me prendó de la blusa de la rangloriana.

Jorge I. Aguadero Casado, 2015.

Comas-&-Aguaderobn
Lluís Comas y Jorge I. Aguadero

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